El ‘Yo’ de Vicente Huidobro

24 Sep

Recuerdo una anécdota que para mí tiene singular encanto: tenía yo más o menos doce años y escribí una composición en versos, la primera de mi vida, que se titulaba “Eso soy yo”. Como había leído muchos versos, tenía el oído algo acostumbrado y casi ningún verso cojeaba. Se los leí a mi madre. Ella se admiró de la armonía, pero encontraba que las ideas eran muy repetidas y los guardó para corregírmelos.

Al otro día me los entregó corregidos. Yo los leí, y recuerdo que ingenuamente me reía con ella al ver que, si bien era cierto que las ideas eran más románticas y poéticas, los versos estaban casi todos cojos. Éste era mi mayor placer, ver que ella tenía ideas más bonitas, pero no podía metrificarlas. ¡Qué blancas ingenuidades aquéllas!

Y ya que se trata de mostrar mi espíritu tal como es completamente al desnudo, haré gala de mi sinceridad.
Soy feliz, exceptuando la gran tristeza del arte y su dolorosa inquietud.

Me casé a los diecinueve años. Amo sobre todas las cosas de la vida a mi esposa y a mi hija, después a mi madre y a mi padre. Creo que esto es una perogrullada dentro del humano querer.

Tengo completa fe en mí mismo.

Tengo tal seguridad de las cosas que hago que, si el mismísimo señor D’Annunzio me atacara literariamente, lo sentiría mucho por él.

He publicado dos libros: Ecos del alma, poesías de los diecisiete años, y La gruta del silencio.

El primero es un libro romántico, demasiado retórico y hueco. Sin embargo, no ha faltado imbécil que cante su superioridad sobre La gruta del silencio.

Este segundo libro es de todo mi agrado. Ha sido muy discutido. Armando Donoso, que hizo el prólogo, le encontró a ciertas partes del libro influencias de Rollinat, a quien no tenía el gusto de conocer ni de nombre.

Algunos críticos que leyeron esto de Donoso lo han repetido como borregos.

Max Jara, con su clara inteligencia de verdadero artista y de maestro, supo negar muy bien todas esas falsas influencias que algunos niños quisieron adivinar en mi obra.

Con esto no quiero decir que Donoso no sea artista. Sí que lo es. Pero en este caso se equivocó, acaso por ese marcado afán de desenterrar influencias de autores raros; cuanto más raros y desconocidos, mejor.

Yo desafío a que me muestren esas influencias.

He perseguido mucho la originalidad por el estudio de mí mismo, por la auscultación de mis más mínimas impresiones. Y tengo plena conciencia de haberla conseguido.

Mi poesía, como muy bien lo advirtió Max Jara, no es la poesía de un influenciado, sino la de uno que ha estudiado y sentido la poesía universal.

En mis versos no hay sensaciones reflejas, recibidas por intermedio de otro autor, sino recibidas directamente de la naturaleza misma.

Esto lo aseguro y lo sostengo ante quien quiera.

Ahora, claro está que todos los poetas, por muy originales que sean, hasta el mismo Baudelaire, Verlaine y Mallarmé, han llegado a su originalidad por medio del conocimiento de todas las literaturas. ¡Porque la originalidad absoluta no existe!

Pero yo no he sentido la gran incomprensión de mi libro. Muy al contrario, me agrada sobremanera.

Lo único que deseo para mis libros es el aplauso de unos cuantos, de esos exquisitos, de esos refinados y quintaesenciados cuyo espíritu alcanza hasta las mayores sutilezas y observaciones, y el ataque rudo de la noble mediocridad imperante en estas tierras.

Quiero que mis libros queden muy lejos de la visual de las multitudes y del vientre de la sana burguesía.

La gruta del silencio debió aparecer mucho después que Canciones en la noche, que contiene versos del año 1912 que no están con mi manera actual, exceptuando algunos pocos. Tal vez los tres últimos.

La gruta del silencio apareció antes por cuestiones de la impresión.

Este libro lo publico sólo por el capricho de tener unos cuatro libros a los veinte años. Capricho ingenuo, pero capricho.

Espero que este libro no caiga en manos de Celui qui ne comprend pas.

Obras en proyecto tengo muchas, pero no quiero hablar de ellas.

Este año, 1913, escribí una comedia en colaboración con Gabry Rivas, Cuando el amor se vaya, que fue estrenada por la compañía Díaz de la Haza con gran aplauso del público. No así de la crítica, que vio en ella muchas reflexiones y bellas ideas, pero poco movimiento.

He fundado dos revistas literarias, Musa Joven y Azul.

La muerte de cada una de ellas ha sido para mí un gran dolor.

Cuando Rubén Darío anunció su venida a Chile escribí un entusiasta artículo crítico sobre su obra, lleno de sinceridad y de fervor, del cual publiqué un fragmento en el número de Musa Joven que le dediqué a él.

Allí también apareció una poesía mía, “Apoteosías”, sobre Darío, muy mala y que algunos encontraron muy buena.

En literatura me gusta todo lo que es innovación. Todo lo que es original.

Odio la rutina, el cliché y lo retórico.

Odio las momias y los subterráneos de museo.

Odio los fósiles literarios.

Odio todos los ruidos de cadenas que atan.

Odio a los que todavía sueñan con lo antiguo y piensan que nada puede ser superior a lo pasado.

Amo lo original, lo extraño.

Amo lo que las turbas llaman locura.

Amo todas las bizarrías y gestos de rebelión.

Amo todos los ruidos de cadenas que se rompen.

Amo a los que sueñan con el futuro y sólo tienen fe en el porvenir sin pensar en el pasado.

Amo las sutilezas espirituales.

Admiro a los que perciben las relaciones más lejanas de las cosas. A los que saben escribir versos que se resbalan como la sombra de un pájaro en el agua y que sólo advierten los de muy buena vista.

Y creo firmemente que el alma del poeta debe estar en contacto con el alma de las cosas.

Y ¿qué más puedo hablar de mis ideas? Creo que todas ellas están diseminadas en mis artículos y estudios y fácilmente pueden adivinarse en mis versos.

Pero diré que no se crea que desprecio el pasado. No. Repruebo el que sólo se piense en él y se desprecie el presente, pero yo amo el pasado.

Para mí no hay escuelas, sino poetas. Los grandes poetas quedan fuera de toda escuela y dentro de toda época. Las escuelas pasan y mueren. Los grandes poetas no mueren nunca.

Yo amo a todos los grandes poetas. Homero, Dante, Shakespeare, Goethe, Poe, Baudelaire, Heine, Verlaine, Hugo.

Ésas son las cumbres que se pierden en el Azul. Entre esas cumbres hay muchas más pequeñas y hay muchos abismos.

Yo amo las grandes cumbres y los grandes abismos. Lo que da vértigo.
Mirando esas grandes montañas no se ve la cúspide.
Mirando esos grandes abismos no se ve el fondo.
Por eso los miopes bufan.
Mientras menos ojos nos alcancen, más alto o más hondo vamos.

En mi corta vida literaria he sido muy querido y muy odiado. ¿Puede darse mayor triunfo?

He tenido muchos enemigos y muchos amigos.

He tenido enemigos que se han dado al trabajo, alentados por la envidia, de ir a desacreditarme, uno por uno, ante muchos pobres inocentes. Generalmente les ha salido mal el juego de la mano negra, pues casi todos se quedan compadeciéndolos y muchas veces me lo cuentan.

A estos enemigos míos les he arrojado, como un pedazo de pan, el desprecio que me ha sobrado de otros desprecios más importantes.

Cuando las locomotoras resbalan su majestad devorando las distancias, infinidad de quiltrossalen a ladrarles. Tanto me han ladrado a mí los quiltros literarios que tengo derecho a sentirme locomotora… literaria.

Nunca he podido comprender la envidia. Acaso sea porque mi gran orgullo me impide envidiar a nadie.
¡Bendito orgullo!

Siempre he tenido la seguridad de que yo haré mi obra y llegaré al Triunfo; por eso no temo gritar alabanzas con todos mis pulmones a los que creo las merecen.

Si ellos hacen su obra, yo también haré la mía. Si ellos llegaran al Triunfo, yo también estoy seguro de llegar.

Qué triste debe ser esto para los que se sienten sin fuerzas, se sienten impotentes, para los eunucos del arte que se miran y no ven nada… ¡Bien se les puede perdonar su envidia!

Algunas veces he sentido verdaderos disgustos literarios. Cuando nombraron príncipe de los poetas franceses a Paul Fort y no a Francis Jammes o a Jules Romains.

Cuando Rubén Darío se ocupó en un artículo de la suntuosa mediocridad de don Alberto del Solar. Y otras veces que no recuerdo.

Lo único que he comprobado hasta ahora es que la estupidez humana es inconmensurable, infinita, grandiosa, elocuente, avasalladora, apocalíptica.

Que basta ser imbécil para ser amado y respetado y escuchado, para surgir, para ser diputado, senador, ministro, presidente, director de diario y miembro de respetables academias. Leer a don Juan Antonio Cavestany.

Que Dostoievski, Zola, Verlaine, Baudelaire, Poe, France, D’Annunzio, Hermant, Darío siempre serán unos estúpidos, mientras Sienkiewicz, Oliuet, Isaacs, Salgari, Núñez de Arce y Quintana serán genios. ¡Este párrafo viene a comprobar el párrafo anterior!

Que si algún día se le ocurriera al mismísimo Dios la humorada de escribir un libro de versos sin que los mortales supieran que eran suyos, esos versos serían muy inferiores a los de Homero, Virgilio, Horacio, Dante, Milton y hasta los de fray Luis de León, de Herrera, Calderón y Lope. Todos caerían allí. Sería gracioso desde el mismísimo don Marcelino Menéndez Pelayo, Faguet y Lemaitre hasta el inofensivo y simpatiquísimo señor Omer Emeth.

Y cuando por otra humorada de ser Satanás supieran el nombre del autor, ¡qué azoramiento más trágicamente cómico, qué disculpas más resaladas! Claro, el señor Menéndez Pelayo lo había leído muy a la ligera por estar ocupadísimo en un profundo estudio sobre Pereda; y el señor Faguet había hablado de referencias, pues su juicio sobre Musset lo tenía embotado; y hasta el inocentísimo señor Omer Emeth se habría pasado por alto las mejores partes, pues en esos días se encontraba muy atareado buscando galicismos para un artículo sobre Hurtado Boine.

¡No habría un solo valiente que, al menos por despecho, dijera que prefería con mucho las Fleurs du mal de Baudelaire o cualquiera de los Poèmes saturniens de Verlaine!

Los mismos ataques que, en poesía, recibiría Dios si se pusiera a filosofar, sin su firma. Aquello no serviría para nada, por no seguir las huellas de Aristóteles, de san Agustín, santo Tomás, Alberto Magno, del reverendísimo padre Suárez y hasta no faltaría algún mochito que se acordara del padre Ginebra.

Hoy no creo firmemente en nada, estoy convencido de que los filósofos sólo dan palos de ciego y que la verdadera verdad sólo está en la médula cerebral de Dios Nuestro Señor, suponiendo que Dios exista.

Quiero ser un gran Sincero toda mi vida y vivir convencido de que yo soy tonto para los tontos e inteligente para los inteligentes.

Por Vicente Huidobro

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s