“Claraboya”

1 Mar


“Claraboya”, la obra perdida que un joven José Saramago entregó a una editorial hace ya 60 años, acaba de ser rescatada del olvido. Y con ella se cierra un ciclo que arroja nueva luz sobre las obsesiones del escritor fallecido en 2010.

La historia de esta novela del primer Saramago, tan transgresora como reveladora de su obra posterior, no podría ser más rocambolesca. Corría el año 1999 cuando el escritor, que por aquel entonces se afanaba en terminar “El Evangelio según Jesucristo”, recibió la llamada de una editorial anunciándole que sería “un honor” publicar el manuscrito suyo que habían encontrado en una mudanza.

El manuscrito de “Claraboya” lo había entregado un Saramago de 31 años, un joven desconocido, sin estudios universitarios que lo avalaran en la purista Lisboa de los 50. Nunca recibió respuesta de la editorial portuguesa, y aquella “humillación”, como lo define su viuda Pilar del Río, lo sumió en un silencio literario que se prolongó más de dos décadas.

“Era un libro duro para la época”, explicó Del Río durante la presentación de la novela en Madrid. “No porque fuera político, que no lo era, sino porque la familia, ese pilar de la sociedad, aparecía como un nido de víboras. Hay rencor, amores lésbicos, una mantenida… ¿Eso lo podía soportar la sociedad portuguesa de los 50?”

Probablemente no, o al menos así debió de pensar la editorial, que no quiso arriesgarse. Cuando décadas después Saramago por fin recibió su respuesta, contestó con un “‘Obrigado’, pero ahora no”. Nunca volvió a leer el manuscrito, afirma su viuda, autora también de la traducción. “Saramago no volvía sobre el trabajo realizado, era una de las claves de su permanente juventud”, señaló. “Estaba siempre en el presente o proyectando hacia el futuro.”

El autor de “Ensayo sobre la ceguera” no quería ver publicada esa obra, pero tampoco la destruyó. “La recordaba muy bien, tenía una memoria de águila”, afirmó Del Río, y dejó dicho que, tras su muerte, “hicieran lo conveniente”. Para su editora en español Pilar Reyes (Alfaguara), la decisión estaba clara: “No estamos haciendo arqueología, buscando hasta el último papelito”, explicó. “‘Claraboya’ es la pieza que hacía falta para iluminar la posterior obra de Saramago.”

Una mañana de invierno en la gris Lisboa de 1952, dominada por la dictadura de Salazar, Saramago se cuela por la claraboya de un bloque de vecinos para hurgar en sus frustraciones y anhelos, con la música de Beethoven como telón de fondo y una pregunta de Fernando Pessoa flotando en el ambiente: “¿Deberemos ser todos casados, fútiles, tribulantes?”

En esta novela de personajes se perfilan ya las mujeres fuertes de Saramago, pero sobre todo sus solitarios hombres, desde Ricardo Reis (“El año de la muerte de Ricardo Reis”) a Raimundo Siva (“Historia del cerco de Lisboa”), el músico de “Las intermitencias de la muerte” o el don José de “Todos los nombres”. Sin olvidar al joven y desencantado Abel, que traza una sorprendente conexión con su última novela, “Caín”.

“Esta novela le hizo pasar años de silencio en los que se prepara para encontrar una voz propia”, sostuvo Del Río. En “Claraboya” hay una escritura más convencional, sin los juegos gráficos ni de puntuación que luego serán marca registrada de Saramago, pero donde ya perfila con fuerza el universo del autor. Por eso, supone abrir una ventana “de par en par” para volver a leer su obra con otra perspectiva.

Novelista, poeta, dramaturgo y periodista, Saramago fue un autor prolífico al que le quedaba mucho por escribir cuando la leucemia se lo llevó un 18 de junio de 2010. Por eso, rompiendo con su costumbre, anunció meses antes que estaba trabajando en una nueva novela sobre el tráfico de armas, que decidió titular “Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas”, citando un verso de Gil Vicente.

Del Río declaró que se publicará -“es un proyecto muy hermoso, que va más allá de la literatura”-, y que también llegará a las librerías su primera novela, “Tierra de pecado”, terminada durante la gestación de “Claraboya”. Emocionada, la viuda del Nobel quiso terminar la presentación con unas líneas inéditas, escritas por Saramago hace décadas, que comienzan así: “No dejemos que nuestros muertos mueran”.

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