Los idiomas de Borges

22 Abr

Nos hemos acostumbrado a tal grado a afirmar que Jorge Luis Borges fue un “escritor universal” que esta expresión y el nombre de Borges han pasado a ser casi sinónimos. Famoso y reconocido por la amplitud y la profundidad de sus obras, Borges fue un escritor a la vez profundamente argentino y cosmopolita.  En sus poemas y cuentos aparecen  compadritos del viejo Buenos Aires, sacerdotes mayas, vikingos de las sagas nórdicas o reyes anglosajones largamente olvidados. El conocimiento que Borges tenía de las diversas literaturas del mundo era poco menos que enciclopédico y las múltiples y diversas fuentes  de su inspiración continúan siendo investigadas por la crítica. Sin embargo, un hecho que a menudo se pasa por alto es que Borges logró acercarse a muchas de estas obras gracias a las numerosas lenguas que estudió durante toda su vida.

Para comenzar, Borges creció en un hogar bilingüe, hablando inglés y castellano desde pequeño. “Cuando le hablaba a mi abuela paterna” –recordó una vez- “lo hacía de una manera que después descubrí que se llamaba el idioma inglés, y cuando hablaba con mi madre o mis abuelos maternos lo hacía de otra forma que luego resultó ser la lengua castellana…”  El autor de Ficciones siguió aprendiendo nuevos idiomas durante su infancia, juventud y madurez. Para Borges, el estudio de cada nueva lengua era, en sus propias palabras, “una nueva aventura”, que le permitía adentrarse en “un delicado laberinto.” A través de cada idioma, nuestro escritor accedía a nuevos sonidos y nuevas palabras, como también a nuevos enfoques literarios que a menudo terminaron influyendo en su propia obra.

Una vasta biblioteca de ilimitados libros ingleses

Borges sintió desde muy temprana edad que su destino era convertirse en escritor; a tal fin, difícilmente podría haberse criado en un ambiente más propicio. Su padre, Jorge Guillermo Borges, era un lector ávido; la madre de éste último, y por ende abuela paterna del escritor, Frances Anne Haslam, era oriunda de Staffordshire, e introdujo en el hogar familiar el idioma y la literatura inglesa. Este inglés heredado permitió a Borges acercarse a los cientos volúmenes que albergaba la biblioteca de su padre, y fue a través de estas primeras lecturas que entró en contacto con los autores que más tarde se convertirían en sus favoritos: G. K. Chesterton, Robert Louis Stevenson y Rudyard Kipling, entre otros.

Pero en esa biblioteca paterna, Borges encontró mucho más que relatos y autores ingleses. En el siglo XIX, el Imperio Británico se encontraba en plena expansión, y el interés de los ingleses por los distintos y vastos rincones del planeta que sus naves alcanzaban surcando los mares no hacía más que crecer. Así, entre los libros de su padre, Borges también encontró numerosos volúmenes acerca del budismo, el taoísmo, el sufismo, y muchas otras vertientes religiosas, místicas y filosóficas que tuvieron luego una gran influencia en sus escritos.

La rama paterna de los Borges padecía asimismo un mal genético: una ceguera hereditaria y progresiva, que se transmitía de generación. En 1914, la visión del padre del escritor, Guillermo Borges, se había deteriorado a tal punto que la familia decidió viajar a Europa para consultar a un especialista. No pensaban quedarse por largo tiempo, pero las circunstancias históricas cambiaron drásticamente sus planes. En palabras de Borges: “Éramos tan ignorantes de la historia universal que no sabíamos que esa era la fecha de la Primera Guerra Mundial.” El estallido de la guerra impidió el regreso a Argentina; la familia terminó quedándose en Europa durante siete años. Se instalaron pues en Ginebra, donde Jorge Luis comenzó a asistir a la escuela primaria.  Allí, el futuro escritor aprendió francés y latín. ”El latín era la materia más importante,” escribió Borges, “y pronto descubrí que si uno era bueno en latín uno descuidar las demás materias un poco”.

Su conocimiento de esa lengua fue creciendo con los años y llegó a desarrollar un buen manejo de ese idioma, pero como sucede a menudo con las lenguas muertas que no se practican con frecuencia, Borges fue perdiendo su dominio del latín con el paso del tiempo. “Ahora me quedan latines, nada más” – dijo una vez. Pero su afición estética por ese idioma persistió a lo largo de los años. En sus propias palabras: “El latín tiene una dignidad a la que aspiran todas las lenguas romance que lo sucedieron”.

Al reflexionar sobre el carácter solemne de este idioma, Borges solía recordar un verso del poeta inglés Robert Browning “Marble´s language, Latin pure, discreet” (“El latín, ese idioma de mármol puro, sobrio”).  Según solía afirmar el escritor, este verso de Browning refleja la idea de que las palabras latinas, debido a su carácter solemne y digno, parecen haber sido diseñadas para ser talladas en mármol: “Es como si hubiera una afinidad natural entre esos dos hechos” –declaró- “entre el latín y el mármol.”.

El idioma alemán: un amor personal

De verse obligado a preservar un solo idioma entre todos los que conocía, afirmó Borges una vez, optaría por   el alemán, una lengua que le fascinaba tanto por su sonido como por su estructura.  Sus vocales abiertas y su pronunciación austera le resultaban especialmente atractivas;  la posibilidad que el alemán ofrece de formar espontáneamente palabras compuestas colocaba a su juicio a este idioma por encima del resto.  Este fue el primer idioma cuyo aprendizaje Borges acometió por sí mismo. Borges comenzó sus estudios de alemán por sí solo en el año 1916, con el propósito personal y explícito de acceder a a las obras del filósofo Arthur Schopenhauer en idioma original. Al comienzo de su estudio, sin embargo, optó por textos más simples; la elección recayó en Heinrich Heine, un poeta expresionista cuyos versos se caracterizaban por su sencillez. Borges comenzó a leer estos versos alemanes con la ayuda de un diccionario; pero sus esfuerzos pronto rindieron fruto y un buen día se dio cuenta de que podía continuar su lectura sin ayuda: “Hubo un momento en que me di cuenta de que ya podía seguir leyendo por mi cuenta. En ese momento lloré, porque de una manera modesta había logrado poseer al vasto idioma alemán”. El aprendizaje autodidacta del alemán ofreció a Borges una serie de perspectivas sin precedentes: de repente no sólo era capaz de leer a Schopenhauer, sino también a  muchos autores y filósofos alemanes, en su lengua original.

Otros idiomas romances

A pesar de que Borges aprendió a hablar el francés fluidamente durante su estadía en Ginebra, el sonido de este idioma nunca terminó de gustarle: “No me agrada el sonido del francés” –afirmó una vez- “Creo que le falta la sonoridad de las otras lenguas romances”. “Pero”-se apresuró a añadir-, “¿Cómo podría pensar mal de un idioma que ha per­mitido versos admirables como el de Hugo, L’hydre-Univers tordant son corps écaillé d’astres? ¿Cómo censurar a un idioma sin el cual serían imposibles esos versos?”

Borges también logró un buen dominio del idioma italiano, que aprendió a leer a con una edición bilingüe de la Divina Comedia de Dante. “He leído y releido la Divina Comedia en más de doce ediciones diferentes”, dijo una vez.  “También he leído a Ariosto, Tasso, Croce y Gentile, pero soy incapaz de hablar italiano o de seguir una película o una obra de teatro en ese idioma.”

Algo similar podría decirse acerca de su conocimiento del portugués: “Yo no sé portugués”, dijo una vez. Y sin embargo, afirmó “He leído a Eça  de Queiroz. Cuando no entendía una frase la leía en voz alta y el sonido me revelaba su sentido.”

Idiomas del norte y del oriente

Borges comenzó sus estudios de inglés antiguo como consecuencia del agravamiento de su ceguera.  ”Mi ceguera fue avanzando desde el año de mi nacimiento como un lento crepúsculo de verano,  y en 1955 me di cuenta de que había perdido mi vista como lector. Ya no podía leer.”  Para compensar esa terrible pérdida, Borges decidió volvió a uno de sus orígenes mitológicos: el pasado remoto de Inglaterra, y por lo tanto de sus antepasados ingleses  Resultó ser una decisión correcta y prolífica: el estudio del inglés antiguo no solo  le brindó consuelo, sino también el disfrute estético de una lengua a la vez sonora y áspera. Si para Borges la cadencia majestuosa del latín recordaba a la severidad del mármol, las duras consonantes del inglés antiguo sonaban para él  como “el ruido de las espadas, el golpe de las lanzas sobre los escudos, el tumulto de los gritos de la batalla “.  En el carácter legendario y heroico de la antigua poesía anglosajona, Borges encontró asimismo personajes, atmósferas y hechos históricos que alimentaron su inspiración para numerosos cuentos y poemas en los años por venir.

Tras lograr un conocimiento profundo del inglés antiguo, y traducir directamente al castellano varios poemas de ese idioma, Borges pasó a interesarse en otro dialecto germánico medieval: el escandinavo antiguo. Esto le permitió acceder a las Eddas, antiguas compilaciones de mitología germánica, como también a las sagas de Islandia, con resultados igualmente fructíferos.

Otros idiomas que Borges abordó durante sus últimos años fueron el japonés -cuya gramática Borges encontraba fascinante, pero que nunca llegó a aprender del todo- y el árabe, que estudió durante los últimos días de su vida.

El hacedor

Es difícil imaginar cómo hubieran sido las obras de Borges si éste, por alguna razón improbable, hubiera dejado de lado el estudio de idiomas, palabras y alfabetos lejanos. Los cuentos de Borges son con frecuencia autobiográficos, y si bien -como el caballero victoriano que era-, evitaba siempre las revelaciones íntimas y con frecuencia se divertía difuminando hechos y enturbiando detalles, sus referencias bibliográficas frecuentes, así como sus prólogos y las numerosas citas literarias en diversos idiomas que aparecen en sus ensayos y artículos dan testimonio de la amplitud y el alcance de su red lingüística.  A veces, la influencia de un idioma llevó a Borges a adentrarse en un nuevo género, como los tanka y haiku que escribió en castellano siguiendo formas japonesas; en otras ocasiones,  las lecturas en otros idiomas impulsaron a Borges a escribir nuevos relatos (como en el caso del poema de The Collar , de George Herbert, que lo llevó a escribir su famoso “Libro de arena”) o una reescrituras de antiguos textos medievales como  ”Brunanburh, 937 AD”.

Tales ejemplos abundan, los rastros de las muchas literaturas y los muchos idiomas a los que Borges se acercó pueden encontrarse a lo largo y a lo ancho de toda su obra. “Cada idioma”, dijo una vez, “es una forma de sentir el universo.”  Sin estar en desacuerdo con esta afirmación, uno podría asegurar que quien fue acaso el  más curioso de los escritores argentinos no se contentó con la observación pasiva. En las manos de Borges, cada uno de estos idiomas se convirtió a su vez en la materia prima que éste utilizó no sólo para percibir el universo, sino también para crear mundos nuevos y fantásticos, sostenidos únicamente por el poder de la palabra y por su extraordinaria capacidad de imaginación.

Por Martín Hadis

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s